SENTIMENTALCÓLICO
SIMON SIMONAZO
Cuando los chairos hablan, mienten; cuando callan, encubren; cuando tienen poder, roban; cuando no tienen poder, destruyen; así son, así se arrastran, así se multiplican: los chairos serviles y croqueteros —ignorantes, descerebrados, mononeuronales, acomplejados, agachones, arrastrados, enmierdados, jodidos, lambiscones, migajeros, limosneros, maromeros, paleros, acarreados, matraqueros, afrijolados, morenacos, chimpachairos, soquetes, zánganos, gatos, ojetes, deshonestos— siempre nefastos y siniestros; vulgares del intelecto, prófugos del ácido fólico, discapacitados intelectuales, chaqueteros mentales, burrobots de memoria corta, lacayos aplaudidores con los ojos cerrados, becarios del bienestar, bufones de la miseria, peones de la manipulación, huachicoleros del infierno, puñeteros con la realidad alterada, pejezombis babeantes, idiotas útiles disfrazados de pueblo bueno; defensores de lo indefendible; solovinos apendejados que idolatran al Tlatoani de la 4T y a su Presirvienta; resentidos sociales con sus perfiles restringidos, incapaces de pensar más allá de los eslóganes baratos que les dictan; esbirros de la demagogia, alcahuetes de la corrupción, miserables de conciencia que solo abren la boca para tragar mierda, atole y croquetas; son la lepra del pensamiento, el cáncer de la conciencia, la diarrea de la razón, la sífilis de la política, el VIH espiritual de una nación que se pudre por su mediocridad y conformismo; llevan tatuada la miseria en la mente, una cicatriz invisible de la resignación y la incapacidad colectiva para anhelar algo mejor; no hay redención para los chairos: están excomulgados; vendieron su alma por un plato de lentejas mal cocidas.
TOMADO DE LA RED
En 1649, el grabador francés Claude Mellan dejó al mundo atónito con una obra que parecía imposible: un retrato completo creado a partir de una sola línea continua.
La imagen, conocida como “El Santo Rostro”, comienza en la punta de la nariz y se despliega en una espiral perfecta que nunca se interrumpe ni se cruza consigo misma.
Con un dominio extraordinario del buril, Mellan logró variar el grosor del trazo para generar sombras, volumen y profundidad, transformando una simple línea que gira sin descanso en un rostro detallado de Cristo.
Aquel experimento técnico, lejos de ser un simple desafío artístico, se convirtió en una de las proezas más admiradas del grabado barroco.
Editor Verdeth