Escribo del tema de la chaqueta porque me he dado cuenta que algunos conocidos que a mí ver son aficionados a la masturbación de alguna forma, abierta o veladamente, siempre terminan por odiarme. A mí me dan pena o asco pero tampoco es para odiarlos.
Como no confío en casi nadie y estoy feliz asi hay algo muy real: mucho menos confío en los chaqueteros y pornoadictos. Muchos de los masturbadores creen que no se les nota su vicio en su mirada vidriosa, perdida y esquiva. Creen que no huelen a semen desperdiciado, a cartucho quemado.
¿Pero qué es ese gusto de estar viendo a gente desconocida coger? Al parecer les gustaría también que mucha gente los viera tener sexo con muchas mujeres todas ganosas y que disfrutan del acto con ellos, expertos en la realización de todas las poses que ni el kama sutra debido a tantas escenas porno que han presenciado.
Todo en el mundo de un chaquetero es ficticio, como lo es el porno. Sus amistades más sólidas son precisamente con otros hombruchos en su misma condición y que sellan su amistad con la mengambrea derramada miles de veces en sus manos, en sí mismos. Si les hicieran un estudio microscópico a sus teléfonos se encontrarían cubiertos de residuos seminales vistos solamente con luz ultravioleta que despiden un olor a marisquería de ver innumerables escenas pornográficas a diario.
Cuando se cansan con una mano se dan automasaje en la salchicha con la otra mano. Incluso hay unos que al mismo tiempo que se masturban se pican el culo. Todo ese material compuesto de fluidos y aroma impregna no sólo sus dispositivos, también su cuerpo, sus ropas y sus auras.
Estos adolescentes eternos creen que tendrán la crema toda su vida. Ya verán que antes de los 40 estarán más encorvados que un camarón, también apestarán igual y el semen ya no les saldrá más de una gotita por hacerse 3 chaquetas diarias. 3 diarina y huevo.
Obvio que los masturbadores no tienen respeto por sí mismos, de hecho no tienen respeto por nada y todo les da lo mismo: religión, filosofía, arte, amor, amistad, creatividad. Para ellos no hay diferencia. Como a los chaqueteros sólo les gusta la puñeta nada es más importante que descremarse un día sí y otro también. Nada les motiva ya para salir adelante, son muy básicos. Nomás con que tengan agua, huevos, frijoles y tortillas, un par de zapatos y un techo donde poder puñeteársela, conejo para qué liebre. Obvio que el wifi se lo roban al vecino. O sus teléfonos están llenos de videos porno que descargan desde internet público que por cierto es una basura.
Un puñetas es un hombrucho, no tiene palabra, no tiene veracidad, no tiene empatía, es indolente, es un desperdicio de aire y espacio porque se la vive desperdiciando su semilla vital, sus recursos, su tiempo. Carece de enfoque, de visión, de proyectos porque todo en vida gira alrededor de su juguete favorito: su pene. Y se justifica nutriéndose de otros onanistas y médicos modernos que dicen que el hombre debe eyacular a diario porque es sano.
Algo debe hacer el puñetas, algo debe creer, debe vivir una verdad, seguir una luz, una razón; y dejar de apedrear sus ventanas, de disparar su material genético en el papel sanitario y luego tirarlo al bote de basura.
Ante los ojos de Dios es patética la vida del onanista. Es un pecado.
Ya déjense ahí abajo, puñetos. Por su bien y por el de la humanidad. Get a life.
Verdeth